El 15 de mayo es una fecha llena de significado para millones de jóvenes y trabajadores. Hace ahora diez años de la explosión social iniciada el 15M de 2011.

Una explosión que marcó un punto de inflexión en la lucha de clases, y que se hizo eco de la onda expansiva de la Primavera Árabe, igual que ocurrió en muchos otros países de todo el mundo. Cientos de miles participamos en las movilizaciones que llenaron las plazas de todo el Estado, enfrentamos la represión de la policía multiplicándonos con miles más, acampamos, organizamos asambleas multitudinarias, hicimos de la Puerta del Sol en Madrid un símbolo de lucha, desafiamos el statu quo y gritamos con fuerza ¡Lo llaman democracia y no lo es! Esta consigna sigue siendo hoy completamente cierta.

Inmersos en una nueva crisis en la que los grandes poderes económicos pretenden volver a cargarnos la factura a la juventud y a la clase trabajadora, devastando nuestras condiciones de vida y los servicios públicos, necesitamos sacar todas las conclusiones que la experiencia de lucha de estos diez años nos ha enseñado.

El 15M y su crítica demoledora al capitalismo y sus instituciones

El movimiento del 15M fue la expresión formidable de un enorme descontento acumulado en la sociedad. Tras el estallido de la crisis económica de 2008, el entonces Gobierno del PSOE se convirtió en el brazo ejecutor de los deseos de la patronal y el IBEX35 aplicando las recetas que ya todos conocemos: reforma laboral, recortes a la educación y la sanidad públicas, desahucios, precariedad, paro… Mientras la pobreza se extendía como una mancha de aceite y el futuro de la juventud se lastraba, la banca se beneficiaba de rescates millonarios.

El papel de las burocracias sindicales de CCOO y UGT, en el momento de mayores ataques en décadas, fue el de contener la movilización y garantizar la paz social para que el Gobierno —siguiendo el dictado de la CEOE— pudiese aplicar sus contrarreformas. Pero muchos afiliados a estos sindicatos y otra mucha gente, empezando por la juventud que jugó un papel muy destacado, que hasta entonces nunca había participado en movilizaciones ni en la lucha sindical o política expresaron ese 15M una crítica sin paliativos a esa estrategia y una voluntad de lucha extraordinaria para transformar su realidad.

Muchos medios de comunicación se emplearon a fondo en diseminar una idea que, por cierto, también se planteaba desde la plataforma que convocó la manifestación inicial el 15M, “Democracia Real Ya”. Según ellos, se trataba de un movimiento apolítico, ni de izquierdas ni de derechas, en el que cabía todo el mundo, que tampoco iba de clases sociales y que ninguna bandera era bienvenida. Pero el movimiento, que cada día crecía en masividad en respuesta a las cargas policiales, mostraba por la vía de los hechos un evidente carácter de izquierdas y un profundo cuestionamiento del capitalismo y sus instituciones.

Muchas fueron las consignas que recogieron la rabia acumulada contra un sistema —su parlamento y sus leyes— que dicta la pobreza para millones mientras permanece ajeno e impune a todo el sufrimiento provocado. ¡No hay pan para tanto chorizo! ¡Que no nos representan! ¡Que la crisis la paguen los banqueros!...

Lo cierto es que todas las demandas más sentidas y aprobadas en multitud de asambleas de ciudades y barrios tenían un inequívoco signo anticapitalista: nacionalización de la banca; incremento del salario mínimo; reducción de la jornada laboral para luchar contra el paro; defensa de las pensiones, la sanidad y la educación públicas; retirada de todas las contrarreformas aprobadas, laboral, pensiones, negociación colectiva; nacionalización de las empresas en crisis…

Detrás de la idea de una “democracia real” que acabase con la pantomima de un parlamento que simplemente ponía el sello a las decisiones tomadas en los grandes consejos de administración, se escondía la semilla de una aspiración incompatible con la existencia del capitalismo, con la dictadura del capital financiero.

La indignación apuntaba a los cimientos del sistema, y a pesar de todos los intentos por descarrilar el movimiento impulsando a los sectores más derechistas y pequeñoburgueses que inoculaban esos prejuicios “apolíticos”, los puntos álgidos del 15M en los meses posteriores se produjeron, precisamente, cuando confluyeron con el movimiento obrero, sus aspiraciones y sus métodos.

La exigencia de una huelga general a los sindicatos de clase aprobada inicialmente por acampadas de ciudades como Málaga, Sagunto y algunos barrios de Madrid, y que desde Izquierda Revolucionaria y el Sindicato de Estudiantes defendimos en las asambleas, se extendió a todo el Estado. El 19 de junio esa fue la consigna principal en la mayoría de las manifestaciones de aquella multitudinaria jornada. El 15 de octubre de 2011 se convocó la movilización más grande y con más seguimiento hasta la fecha, coincidiendo con la explosión de movimientos similares en muchos otros países.

Una década de giro a la izquierda y de lucha de masas

Tras un periodo de parálisis en el terreno de la movilización social, alimentado por el miedo a la pérdida del empleo y la incertidumbre económica ante la llegada de la crisis de 2008, pero también —y muy especialmente— por la actitud desmovilizadora de la dirección de CCOO y UGT, el 15M abrió una nueva fase en la lucha de clases en el Estado español. Marcó con nitidez el comienzo de una nueva época en la que la sociedad experimentó un profundo giro a la izquierda que no había encontrado cauce de expresión en los sindicatos y tampoco en partidos políticos como Izquierda Unida, que se limitaban a la crítica parlamentaria a los planes de ajuste pero no daban ni un paso adelante para impulsar la organización ni la acción en las calles, y actuaban en la práctica de forma cómplice con la estrategia de paz social impuesta por las direcciones sindicales.

El movimiento rompió esa barrera y estalló, sobrepasando a las direcciones de sus organizaciones tradicionales y mostrando una fuerza excepcional que llenó de ánimo, ilusión y confianza a millones de trabajadores, jóvenes y también a amplios sectores de las capas medias que participaron de ese viraje profundo a la izquierda. La solidaridad despertada fue enorme, como se pudo ver en los campamentos a los que miles de personas se acercaban a donar comida, ropa de abrigo, megafonía e infinidad de recursos para apoyar la lucha. El 5 de junio de 2011 el diario El País publicaba una encuesta de Metroscopia que señalaba que el 81% de la población apoyaba al movimiento y sus reivindicaciones.

Pero el 15M fue solo el principio de toda una década que ha estado marcada por movilizaciones de masas, las más importantes desde la Transición. El avance en la conciencia se manifestaba a cada nueva oleada de la lucha. Pasamos de llenar las plazas en 2011 pidiendo democracia real, a rodear el Congreso en 2012 señalando a los cómplices del teatro parlamentario, a los representantes políticos del sistema que ejecutaban decisiones tomadas por una minoría que nadie había elegido.

Subió la marea de la lucha de clases. En marzo y noviembre de 2012, CCOO y UGT tuvieron que convocar dos huelgas generales con gran impacto, pero lejos de incrementar la presión para doblegar las contrarreformas del Gobierno de Rajoy dieron la movilización por zanjada. Los trabajadores y trabajadoras abrieron su propio cauce. Las Mareas Verde y Blanca, defendiendo dos de los derechos más sentidos por las familias trabajadoras —educación y sanidad públicas— desbordaron a las cúpulas sindicales e impulsaron desde abajo movilizaciones y huelgas históricas, arrancando la simpatía y la solidaridad del conjunto de la clase y consiguiendo victorias como la paralización de la privatización de hospitales públicos en Madrid o la retirada de las reválidas franquistas de Wert, tras años de lucha impulsada por el Sindicato de Estudiantes. El grito de “Sí se puede” se demostraba cada día más real.

La acción directa, la organización desde abajo y la movilización masiva en la calle se convirtieron en las señas de identidad de muchas luchas. En 2014, fue emblemática la del barrio de Gamonal, en Burgos, donde los vecinos y vecinas pararon el proyecto especulativo del alcalde. Los prejuicios de apoliticismo e interclasismo que en el inicio del 15M se trató de inocular al movimiento para hacerlo inofensivo, fueron barridos por la entrada en escena de las masas en ese periodo. Ese mismo año, las Marchas de la Dignidad con su lema “Pan, techo y trabajo” dejaban absolutamente claro su carácter de clase. De nuevo los trabajadores y los jóvenes mostraban una fuerza arrolladora y llevaban a cabo una auténtica rebelión frente a la burocracia sindical empeñada en taponar la protesta y que se opuso a esta movilización: más de un millón de personas se congregaron en las calles de Madrid mientras los secretarios generales de CCOO y UGT se hacían la Foto de la Vergüenza con Rajoy.

Resulta imposible relatar todos los acontecimientos de calado y movilizaciones habidas en esta década, pero la lista es larga. Desde la abdicación de Juan Carlos I —asediado por escándalos de corrupción y temeroso de no poder pasar el testigo a su hijo en tiempos futuros aún más convulsos— hasta las huelgas feministas del 8M, pasando por la guerra abierta dentro el PSOE contra Pedro Sánchez por negarse a votar la investidura de Rajoy y su posterior victoria; la moción de censura que desalojó al PP de la Moncloa; la crisis revolucionaria abierta en Catalunya y la lucha por la república; el movimiento ejemplar de los pensionistas; las movilizaciones multitudinarias en Euskal Herria contra la represión como ocurrió con el caso de los jóvenes de Altsasu… Todos estos ejemplos reflejaban el giro a la izquierda en la sociedad, el cuestionamiento de las instituciones del sistema, el rechazo al régimen del 78, así como una voluntad de lucha extraordinaria y la búsqueda por parte de las masas de una alternativa revolucionaria con la que poder transformar su realidad.

Una de las proezas del movimiento fue la creación de una nueva herramienta para esa lucha: el surgimiento de Podemos y su ascenso meteórico ha marcado sin duda esta década. Era la expresión política del 15M. Por primera vez desde 1921, con la formación del PCE, nacía un partido de masas a la izquierda del PSOE.
Podemos, la expresión política del 15M

Este arrollador caudal de lucha de clases ha sido la base sobre la que se levantó la formación morada. La confrontación con los grandes poderes económicos, con la derecha; su denuncia sin tapujos de lo que todo el mundo sabía pero nadie decía en sede parlamentaria, como cuando Pablo Iglesias acusó al PSOE de tener las manos manchadas de cal viva, en referencia a los GAL y el terrorismo de Estado; su defensa de consignas como la nacionalización de las eléctricas para acabar con la pobreza energética; su vínculo con los movimiento sociales y la lucha en las calles, que llevó a Podemos a aglutinar el 31 de enero de 2015 a casi medio millón de personas en la Marcha por el Cambio en Madrid…

Todo eso permitió a Podemos conectar con las aspiraciones de cambio por la izquierda que se respiraba entre millones de trabajadores, se ganó el oído y la confianza de muchos votantes del PSOE, movilizó a la juventud precaria. Generó genuina ilusión en que se podían resolver los problemas reales y acuciantes de la gente trabajadora (vivienda, empleo, sanidad…), prometió llevar la voz de la calle al congreso y hacer realidad sus reivindicaciones y por eso cosechó resultados extraordinarios en el terreno electoral, rompiendo con el bipartidismo y haciéndose con los ayuntamientos de las ciudades más importantes del Estado como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Coruña o Cádiz. En Catalunya y en Euskal Herria logró convertirse en la primera fuerza en las generales de 2016, mostrando el enorme potencial de un programa que vinculase la lucha por la autodeterminación con un programa de izquierdas en defensa de los servicios públicos, contra los recortes y la austeridad.

No cabe duda que Podemos jugó un papel enormemente progresista y provocó muchos quebraderos de cabeza a la oligarquía. Buena muestra de ello ha sido la campaña de persecución y criminalización a la que se ha sometido a sus dirigentes por parte de la derecha y sus medios de comunicación, así como todas las maniobras para evitar que llegaran al Gobierno. Representaban la fuerza de la calle y eso es lo que más teme la burguesía. Esa fuerza de la clase obrera en acción, unida a un programa de transformación social que se enfrentase a los grandes capitalistas, era la clave para poder cambiar las cosas en beneficio de la clase trabajadora. Lamentablemente, en el curso de estos últimos años, el partido del 15M ha emprendido un viraje que le ha llevado a apostar en exclusiva por “hacer política desde las instituciones”, alejándole de la lucha en la calle, por tanto, de su razón de ser.

No se puede transformar la sociedad a través de las instituciones del régimen del 78. ¡Por una alternativa que rompa con el capitalismo!

La experiencia de estos años ha sido muy valiosa aunque, en ocasiones, también amarga. Los ayuntamientos del cambio, renunciando a confrontar con los grandes poderes económicos y a llevar a cabo medidas de calado como la remunicipalización de los servicios privatizados, frustraron las expectativas de millones. Confiaron en que a través de la negociación y los debates en los plenos podrían lograr avances. Pero es imposible convencer a los capitalistas de que renuncien a sus obscenos beneficios. Eso solo se puede lograr luchando, como demuestra toda la experiencia histórica y estos diez años también. Todo lo que se ha arrancado ha sido gracias a la movilización.

La experiencia de estos años ha sido muy valiosa aunque también amarga. Los ayuntamientos del cambio, renunciando a confrontar con los grandes poderes económicos, frustraron las expectativas de millones

Esta misma experiencia se ha repetido también con el Gobierno de coalición. Las instituciones del régimen no sirven para transformar las condiciones de vida de las familias trabajadoras. Eso no quiere decir que las posiciones parlamentarias no sean útiles o no haya que luchar por ellas. Pero deben servir como altavoz y palanca de un programa de ruptura con el sistema y de la lucha en la calle, y no como excusa para abandonar el terreno de la movilización que es donde realmente podemos ejercer nuestra fuerza. Toda la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia a nivel internacional ha fracasado en este punto: desde Tsipras hasta Corbyn, pasando por Die Linke, Bernie Sanders o Melenchon. Moderar el discurso, renunciando a reivindicaciones claves y aparecer como hombres y mujeres de Estado, avalar la política de la unidad nacional pactando amablemente con la patronal solo beneficia a quienes nos explotan y oprimen a la vez que desmoraliza y desorganiza a los sectores más combativos y decididos de las masas.

Necesitamos aprender de nuestra propia experiencia. No existe un camino fácil. Votar no basta. Estar en el parlamento o en los ayuntamientos tampoco. Es necesario dotarnos de una organización que no se limite a las elecciones, sino que se levante en cada barrio, empresa, fábrica o centro de estudios, con raíces, y que luche por una alternativa al desastre que se nos viene encima.

Es necesario defender un programa que dé soluciones a nuestros problemas inmediatos, al paro, a la precariedad, que defienda los servicios públicos y que garantice unas condiciones de vida dignas para todo el mundo: un programa anticapitalista. Eso solo es posible confrontando directamente con quienes se están haciendo de oro a costa de nuestra miseria, con los grandes empresarios y oligarcas: nacionalizando todas las empresas que hayan tenido beneficios y ahora despiden a sus trabajadores o se benefician de ERTE pagados por todos; poniéndolas a producir en función de todas las necesidades sociales que hoy están sin cubrir; nacionalizando las farmacéuticas y la sanidad privada y dedicando todos los recursos necesarios para garantizar vacunas y atención a todos los enfermos; expropiando todas la viviendas vacías en manos de los fondos buitre y construyendo un parque de viviendas públicas con precios asequibles; aplicando un plan de rescate a la educación pública que garantice el derecho al estudio de forma gratuita desde infantil hasta la universidad; nacionalizando la banca y las principales palancas de la economía y planificando de forma democrática la producción en función de las necesidades sociales y no del lucro privado. Esto es sencillamente luchar por la transformación socialista de la sociedad.

Hoy las reivindicaciones y denuncias del 15M siguen completamente vigentes. Pero la experiencia nos ha enseñado que no podemos hacer del capitalismo y sus instituciones algo más amable y justo. Eso es imposible y más aún en una época de crisis económica y decadencia del sistema como la que atravesamos. Por eso necesitamos construir una izquierda revolucionaria que tome esta experiencia y levante la alternativa revolucionaria que realmente nos puede liberar. ¡Únete a nosotros para construirla!

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