A continuación reproducimos un artículo de Paulino Oribe sobre la lucha de estas trabajadoras y la precariedad a la que han sido sometidas por parte de la empresa durante años.

 

Artiach, el rostro femenino de la precariedad

Varias trabajadoras se enfrentan a la galletera tras 16 años como eventuales. Fueron despedidas después de que inspección de trabajo requiriera que pasaran a ser fijas. El juez ya ha dado la razón a una de ellas y obliga la empresa a readmitirla

Ainhoa ha trabajado para la fábrica de galletas Artiach, ubicada en Orozko, 16 años. Toda una vida laboral en la que ha sumado ni más ni menos que 750 contratos, «de un día, de tres, de fines de semana, de vacaciones de verano o para cubrir una baja laboral»... Unas veces a través de la propia empresa, los más por medio de una ETT. Ainhoa es una de esas trabajadoras -en su mayoría las temporales son mujeres- atrapadas en la rueda de la eventualidad, a la que llaman de un día para otro para cubrir un puesto, trabajando los días justos para que la empresa no tenga que cambiar tu tipo de contrato, esperando siempre la llamada de la empresa, sin poder planificar vacaciones, ni fines de semana, ni horarios...Siendo plantilla sin serlo. Esperando un contrato fijo que nunca llega.

Animadas y apoyadas por el sindicato LAB, Ainhoa y otras seis compañeras de esta empresa en igual situación pusieron en manos de la inspección de trabajo su vida laboral, lo que sirvió para que la inspección constatara suficientes irregularidades como para determinar que la empresa debía hacerlas trabajadoras fijas.

«La inspección vio no sólo la alta eventualidad a la que se nos sometía sino irregularidades en la contratación como que nos hicieran un contrato para cubrir una baja y coincidiera en el trabajo con la persona que se suponía que estaba sustituyendo o interinidades para puestos que en realidad eran fijos», relata Ainhoa. «Yo era eventual y he tenido que enseñar a trabajadores fijos cómo funcionaban las máquinas ¿te lo puedes creer?»

Artiach hizo caso omiso al requerimiento de la inspección y sólo realizó un contrato fijo a una de ellas que en ese momento cubría una baja de un año. A las demás las despidió sin contemplaciones el mismo día o al siguiente de que llegara el requerimiento de la inspección, el 5 de junio de este año. Bien con un despido disciplinario por «falta de rendimiento», o haciéndolas firmar su final de contrato antes de tiempo, o no volviéndolas a llamar cuando estaba comprometido dando por finalizada su relación con ellas.

Un juez de Bilbao acaba de dar la razón a una de ellas, Amaia Laconcha, sentenciando que su despido tras 16 años en la empresa es «nulo», porque se ha producido como represalia por denunciar su situación y que por lo tanto se ha vulnerado el derecho fundamental de indemnidad, que protege a los trabajadores frente a represalias por parte de la empresa después de haber reclamado sus derechos laborales.

Amaia ha sido dada de alta en la seguridad social y la empresa le paga la nómina, pero mientras se resuelve el recurso que ha presentado contra el fallo del juez, la dirección le ha comunicado mediante burofax que no vaya a su puesto de trabajo. «Es otra forma de machacarme psicológicamente. Me dejan claro que no me quieren por allí, pese a todos los años que he trabajado en la empresa», lamenta. «Yo lo que quiero es seguir trabajando».

Sus compañeras esperan ahora la resolución de sus denuncias contra sus despidos con un «sabor agridulce», porque el mismo día que salía la sentencia favorable a Amaia, otro fallo dio la razón a la ETT que las contrataba y a Artiach. Pese a que las condiciones de la trabajadora, que no quiere hacer público su nombre, eran las mismas que las de su compañeras, se aprecia caducidad de la demanda porque dicha trabajadora se encontraba en días de «pasivo laboral», periodos de descanso para no superar los días máximos de contratos eventuales que fija la legislación.

La resolución para el resto de las trabajadoras no se conocerá ya hasta el año que viene. El juicio de Ainhoa será el primero, el 16 de enero; el 4 de febrero el de Azucena; el de Sonia el 17 de marzo. «Toda esta lucha no sé si nos va a servir para nosotras ya», dice Azucena, que durante 13 años en la empresa acumuló más de 500 contratos que se registran en más de 24 páginas de vida laboral. «Lo que estamos haciendo importa por las que vienen detrás, para que no tengan que pasar por lo que estamos pasando nosotras. Porque hay que demostrar que no todo vale y acabar con esta precariedad».

Mientras esperan todas lamentas cómo las está afectando esta situación en su vida personal. «Cuando fui a recoger la carta de despido, que el mío fue disciplinario, tuve que ir con mi hijo de siete años», cuenta Sonia de 43 años, que ha trabajado 11 años para Artiach, y que tuvo que oír que se la despedía por bajo rendimiento. «Vamos por vaga», dice. «Cuando volvíamos a casa mi hijo me decía: 'Ama, tú no eres vaga'. Es complicado enfrentarte a eso».

Todas quieren volver a «su» empresa, «pero con las condiciones que nos merecemos» y recuerdan con cariño el trabajo que hacen -o más bien hacían hasta ahora-, que les permitía llevar «un poco de felicidad a los hogares en forma de galletas» tan conocidas para todos como Chiquilín, Dorada, o Filipinos.

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